Opinión
Severance y el signo de los tiempo


Por Guillermo Zapata
Escritor y guionista
-Actualizado a
Severance (Separación en su título español) es una serie de la plataforma Apple Tv que terminó ayer su segunda temporada. Escribo esto sin haber visto aún el último capítulo y con vocación de no hacer spoilers de ningún tipo. La serie, creada por Dan Erickson que lleva el peso creativo junto a Ben Stiller, cuenta la historia de Lumon, una empresa que ha creado una tecnología novedosa que permite separar la experiencia vital en dos mitades. Una mitad que es consciente sólo en las horas de trabajo y otra que sólo es consciente en las horas de no-trabajo. Así, los personajes llegan a trabajar, entran en un ascensor e inmediatamente se encuentran por la noche, al final de su jornada de trabajo, sin haber experimentado esas horas de desarrollo. Por otro lado, aquellos que viven en el interior de Lumon, sólo experimentan jornadas laborales infinitas.
El trabajo en Lumon y a lo que se dedica la empresa es uno de los – muchos – misterios de la serie y por tanto no voy a hablar de ello, pero si es importante tener en cuenta que forman parte de una empresa de servicios parecidos al informático en los clásicos cubículos en los que se procesan datos (literalmente hacen “Refinamientos de datos”). Un trabajo repetitivo y tedioso.
Hay muchas cosas muy interesantes de la serie, una muy evidente es la idea de experiencia separada como experiencia alienada. La separación de la experiencia cognitiva, el “doble cuerpo”, que cada vez puebla más las ficciones contemporáneas. Podríamos decir que la sustancia que se inyecta Demi Moore en La Sustancia no es tan diferente del proceso de “separación” de los personajes de Severance. En los dos casos, la experiencia de la separación, de ese doble, produce un proceso neurótico. Ese proceso neurótico entre lo que somos y lo que proyectamos, entre el tiempo que vivimos y el tiempo en el que producimos, esa vida partida en cachos, es el presente.
Y ante esa separación, ese tiempo partido y esa alienación, lo único que tenemos son narrativas. Historias que nos contamos y que dan sentido en nuestra existencia. En la primera temporada de Severance el conflicto nace porque aparece un relato imprevisto en la vida de los personajes de dentro, que los hace buscar algo nuevo y algo más, una vida completa, pero lo más interesante de esto es lo que hace Lumon con esa experiencia rebelde de sus trabajadores: la integra. Hace lo mismo con sus empleados más “dóciles”, aquellos encargados de reproducir las órdenes de la empresa a los que intenta incorporar también a una narración pseudo mística para aplacar a través de ella enormes cotas de racismo.
Convierte las peleas de sus trabajadores en parte de la mitología de la empresa. Una empresa que se presenta envuelta en en una mística que oculta, fundamentalmente, niveles espantosos de explotación y violencia. Eso también es el signo del presente.
La relación de los espectadores con la serie ha vuelto a generar una dinámica que había desaparecido bastante de las ficciones del presente, pero que fue capital hace 15 años, sobre todo con la aparición y eclosión de Perdidos: la serie que piensa a los espectadores como trabajadores de la propia ficción. Un trabajo que consiste en seguir las miles de pistas narrativas que se encuentran en la ficción y completarla a través de enigmas, hipótesis y claves. Ese trabajo de las y los espectadores se amplifica a través de redes sociales, que producen a su vez su propia narrativa paralela a la serie. Un acompañamiento que en estos momentos sólo se estaba dando en los realitys, con el ejemplo de La Isla De las Tentaciones a la cabeza en nuestro país.
El éxito de Severance es el éxito del poder de las ficciones para hablarnos del presente, un presente en el que la cultura de empresa se ha convertido en una forma de ver el mundo que pretende envolver el conjunto de la experiencia humana y no dejar nada fuera. Severance va pelando cada capa de esa retórica hasta ofrecer violencia pura y dura. La violencia de unas formas de explotación que saben que no es suficiente con poseer el dominio del cuerpo, sino que se trata, sobre todo, del dominio del alma. Los “innies”, los personajes que están en el interior de la empresa, no tienen más asidero identitario que el que les ofrece la empresa y sus resistencia se encuentra una y otra vez con los intentos de la empresa de volverlos a encerrar en una historia que no es la suya.
Por eso, hoy, por encima de todo, necesitamos existencias que no estén separadas y narrativas que no nos dominen, que no nos encierren, que no nos mantengan trabajando 24 horas al día creyendo que un día heredaremos la empresa.
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